Por si vale para repensar la aplicación de una política sociocultural para el cambio en Usera

07/07/2016

Una propuesta para enfocar la política cultural.

Que la Cultura es un ámbito donde especula el mercado con productos de consumo fácil y distribución masiva no es un secreto ni una situación que genere alarma social. Antes bien, parece que estamos inmersos en lo que algunos afilados comentaristas llaman "la euforia del espectador". Bien es verdad que la Cultura es, también, Comunicación y que lo que nos transmiten como Cultura insiste en los aspectos consumistas y superficiales de la distribución de productos, pero elude ante los ciudadanos consumidores el debate sobre otros aspectos importantes como pudieran ser los contenidos y la función social de todo este ajetreo creativo y comunicacional puesto, hoy más que nunca, al servicio de una dominación de clase que, además, te vende y te cobra los instrumentos de dominación.

Es necesario abordar con urgencia una política cultural que trate, al menos, de corregir los excesos del sistema tan imperante y busque establecer nuevas bases donde apoyar la resistencia ciudadana a la situación actual. Una resistencia que no se limite a lamentar los males de la patria sino que debe desembocar en una propuesta de alternativa.

La Participación Ciudadana. Si queremos ofrecer a los habitantes la posibilidad de sentirse ciudadanos, como requisito imprescindible y previo para escaparnos de las garras de la Mercadotecnia, tendríamos que aplicar todo tipo de medidas administrativas y de gestión de recursos para favorecerla.

La Participación Ciudadana tiene que apoyarse en la localización de colectivos sociales con la necesidad y/o capacidad de reaccionar frente a la situación dada. Apoyar el funcionamiento de nuevas redes de socialización, de nuevas redes de comunicación y crear espacios de encuentro y relación entre ciudadanos.  Fomento del asociacionismo a nivel de barrio y transparencia en la gestión y participación de los vecinos en los asuntos públicos. Dotar de contenido democrático y político a la descentralización administrativa. Integrar a las asociaciones ciudadanas a nivel de barrio en la gestión de servicios. Realizar la evaluación de todas las iniciativas socioculturales que actúan sobre un territorio determinado desde la fase de diseño hasta las últimas consecuencias de la iniciativa.

La Cultura que sirve a los ciudadanos. Frente al consumismo cultural tenemos que esforzarnos en rescatar y promover la cultura popular, entendiendo por ella la cultura que nos sirve para defendernos de los excesos y alienaciones propuestos y practicados por el sistema imperante y su industria auxiliar. Hay que ofrecer a los ciudadanos los medios para que puedan elaborar criterios propios sobre sus necesidades culturales y la forma de satisfacerlas. Un viejo objetivo de la Animación Socio Cultural que ha sido arrinconado y sustituido por la propuesta de consumo  sin reflexión pero con sus conservantes, colorantes y condicionantes que nos hacen perder autonomía personal y social. Una Cultura que nos abandona o nos confunde cuando tendríamos que recurrir a ella para explicarnos el mundo en que vivimos.

La Educación para el Consumo Cultural. En el mundo cultural no basta con decir al consumidor que compruebe la validez de la etiqueta. La Cultura sirve para adquirir los puntos de referencia necesarios para conocer de antemano si lo que nos propone el mercado nos es útil o es superfluo. Por eso, una política cultural de progreso debe facilitar a los ciudadanos conocimientos y mecanismos para compensar los excesos publicitarios que incitan a consumos sin reflexión previa. Esta Educación también se favorece si potenciamos los consumos a pequeña escala, en grupos previamente organizados, huyendo de los macromontajes donde la masificación impera sobre el espectador inteligente.

La Cultura en la Calle. Frente al sintomático ejemplo de la Noche Blanca, proponemos una recuperación de la calle como espacio cultural no masificado ocasionalmente sino sistematizado. Unos espacios públicos donde los espectáculos e iniciativas culturales puedan organizarse para dar sentido democrático y estético a la convivencia y no para fomentar consumos masificados y subculturas escasamente sanas que no promocionan un enriquecimiento socio cultural.

La diversidad cultural y los mestizajes. Estamos muchos y no somos todos del mismo club, de la misma etnia, ni hablamos el mismo lenguaje, ni tenemos todas las referencias comunes salvo las principales e irrenunciables: vivir en paz, ganarse la vida, compartirla con amigos y familiares, disfrutar de un ocio no alienante... Debemos tener en cuenta las necesidades culturales que se desprenden de la existencia de distintos grupos socio culturales y de las relaciones entre esos grupos. Debemos favorecer el contacto cultural entre grupos y debemos ofrecer a nuestros inmigrantes un fácil acercamiento a las claves culturales de nuestra sociedad.

Y mientras nos ponemos democráticamente de acuerdo en los contenidos de esta nueva política cultural, podemos defendernos de la avasalladora propuesta de nuestros dominadores. Un poco de contrapublicidad  y de sabotaje cultural, tal y como propone Kalle Lasn y difunde Gemma Galdón, entre otros, sería la prueba de que la izquierda tiene algo que hacer y que decir al margen de las lamentaciones autojustificantes. Por lo menos, que se pueda mantener con vida nuestra lucha ideológica. Y esta vez sin excluir el humor.

 

José María Alfaya